Todo vuelve a ti

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LA GARROTXA_Calzada romana (11)

(Catalunya, La Garrotxa, El Munchen, vado en la calzada romana)

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Todo vuelve a ti

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                                                                                                                                                                         a Mª Gina Valero Ortiz y su esposo Eugenio,

                                                                                                                                                                                       en gratitud por la estancia en su casa

                                                                                                                                                                                      y por haberme mostrado un hermoso fragmento de Catalunya

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Ahora que empecé a irme, sin un céntimo

en el bolsillo, sin nalgas con las que rellenar el trasero de los pantalones,

sin revoluciones que emprender

ni revoluciones a las que oponerme, repito

el principio de la aventura

con la certeza de que algo que llevo dentro

sale a tomar el sol conmigo cada mañana

y, de regreso a casa, vuelve a meterse en mi pecho

y queda así conmigo por el resto del tiempo.

Compro otra vez aquel viejo callejero Falks

que todavía se esconde por los cajones,

y cuando termino de lavar los platos en el chino,

entre la comida y la cena,

me estreno en el descubrimiento a la inversa

del nuevo mundo que exótico se extiende ante mí

como un universo a conquistar.

¡Nadie es capaz de imaginar mi felicidad!

¡Nadie puede medir mi asombro!

¡Nadie puede oír cuán alto ríen mis pulmones!

¿Es esto lo que llamaban “libertad”?

Pues bienvenida sea a mi casa a cuestas,

al verso plácido o al abrupto,

a la tristeza o al contento

de un anónimo que roza la ilegalidad de los papeles,

a la espalda adolorida, a los pies candentes

que echan chispas de curiosidad en cuanto pueden escaparse de su cuerpo.

La libertad es una simiente: si esa semilla no se alberga,

nunca brotará, nunca crecerá y nunca dará sombra.

Hay hombres que no lo saben,

que creen que absolutamente todo depende de las circunstancias,

y si logran salir de un espacio cerrado

a la larga vuelven a inventarse otro para rumiar la frustración,

la desilusión de no saber que son reos de su propia cárcel.

Y así, si atrás dejaron un amo,

se buscan otro nuevo al que rendirle pleitesías y honores.

Y luego protestan, dan conferencias, reclaman y exigen libertad.

Camino las calles de Madrid en la bendita mañana de mi soledad.

Hablo con mi máquina de fotos, la convenzo

para que llegue a los lugares más disímiles,

y me devuelva una instantánea de mis sentimientos.

Le señalo la presa a capturar, el olor del rastro a perseguir,

como si fuera un perro adiestrado en el rescate de los cuerpos perdidos.

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Ahora que empecé a irme, respiro cada gota de aire

como una golosina de chocolate que se deshace

por la osamenta en ruinas de la boca. Y el día

nunca es suficiente, sólo tiene veinticuatro tristes horas

para agradecer el minuto en que subí a la nave de las estrellas,

guiado, eso sí, por esa otra que me acompaña desde que nací

y sin la cual no vería el firmamento.

La sólida madurez se agrieta, se solera, en el mosto informe de la infancia.

Los caldos sosiegan sus posos.

Todo vuelve a ti, St. John Perse.

Tú eras la libertad.  Elogiados sean tus versos.

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(Madrid, 12-14 de Noviembre de 2010)

© 2010 David Lago González.

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